Una reseña de reseñas: la recepción de la Obra completa de Valle-Inclán
editada por Espasa Calpe
 

María Fernanda Sánchez-Colomer

(T.I.V.)


 

El anónimo editor de las flamantes obras completas de Valle-Inclán no puede quejarse de la prensa: son muchas las reseñas que —firmadas por intelectuales de primera fila, aunque no siempre por expertos en la obra valleinclaniana— han aparecido en los diarios y revistas especializadas de ámbito nacional. Habida cuenta de la multitud de artículos publicados, y, sobre todo, de la evidente disparidad de opiniones, hemos querido contrastar aquí algunas de las reseñas más señaladas. Parafraseando a Valle-Inclán, a través de «dispersas voces y dispersos relatos» intentaremos dar una visión, si no «cifra de todas», sí lo bastante representativa de la recepción de la Obra completa editada por Espasa Calpe. Hemos seleccionado cuatro artículos: «La cima de una ambición», de José María Pozuelo Yvancos, y «Hacia un corpus integral de Valle-Inclán», de José García-Velasco, publicados ambos en ABC cultural con fecha de 16 de marzo de 2002; La «Nota al pie» de Francisco Rico del suplemento Babelia (El País, 1 de junio de 2002); y, por último, la reseña firmada por Javier Serrano Alonso —«Un “Valle-Inclán” aún incompleto»— aparecida en Revista de Libros, nº 67-68, julio-agosto de 2002.

     En su reseña, Pozuelo Yvancos empieza destacando un fenómeno sobradamente conocido por los valleinclanistas: si Valle-Inclán puede considerarse «el más grande de nuestros clásicos del siglo XX», «avatares diversos de herencias, desacuerdos y multitud de menudencias» habían impedido que los lectores contaran con «una edición completa de su obra». También advierte que realizar una edición «auténticamente crítica de la obra de Valle-Inclán» es una «tarea titánica», por lo que, en su opinión, «sólo equipos completos de investigadores» podrían asumirla. En todo caso, aunque la de Espasa Calpe no es «una edición crítica como tal», sí ofrece «un texto completo con suficientes garantías, y que se entiende como el punto de partida de esa tarea de poner en limpio a nuestros clásicos del siglo XX». No olvida Pozuelo Yvancos aludir, además de a la colección Austral —donde ya había sido publicada «casi la totalidad de la obra de Valle»—, a las «espléndidas ediciones», trece en total, de diversas obras valleinclanianas publicadas por la misma editorial en Clásicos Castellanos. Contrastadas con estas «ediciones académicas muy solventes», la Obra Completa de Espasa Calpe «está a caballo entre una obra dirigida al gran público y el rigor académico»: este último se prueba, a juicio del articulista, en el «excelente glosario de más de quinientas páginas que recoge los términos y topónimos, frases y expresiones no incluidos en el Diccionario de la RAE». Alguna opción de los anónimos editores, «como la de normativizar los extranjerismos», le parece «menos afortunada», aunque acaba concluyendo que «fuera de esta mácula, poco puede reprocharse a esta empresa colectiva de poner en limpio a Valle». Por último, justifica la expresión «empresa colectiva» aludiendo a «la insólita desaparición de cualquier referencia a quien haya realizado el ímprobo trabajo aquí reunido».

     Por su parte, José García-Velasco, buen conocedor de la obra valleinclaniana y autor de varios artículos sobre el escritor gallego, apunta que los anónimos compiladores de esta Obra Completa son «presumiblemente Joaquín y Javier del Valle-Inclán». Antes de entrar en esta cuestión, evoca un desiderátum formulado por José Carlos Mainer en 1986 y que Vicente Cacho Viu haría extensible, años después, a «toda la historia intelectual de la Edad de Plata española»: la realización de una biografía rigurosa de Valle-Inclán y «la confección de unas obras (verdaderamente) completas con los textos cotejados de las diferentes versiones y con la copiosa anotación aclaratoria que reclaman». Según García-Velasco, hoy «ya tenemos unas obras completas de Valle-Inclán: dos volúmenes bien impresos, en un papel más que digno y con una encuadernación todo lo cómoda que permite el manejo de tan voluminosos tomos». Aunque admite que «todavía falta un riguroso cotejo del corpus íntegro de los textos con sus diferentes versiones», y que ésta es una tarea «imprescindible» en el caso de Valle-Inclán, considera que por lo pronto contamos con «una versión razonablemente ordenada de los principales textos valleinclanianos, a la que le han añadido algunos índices y un glosario de más de 500 páginas». Asimismo, explica que, en la nota introductoria de estas obras completas, los anónimos editores reconocen la dificultad de realizar una edición crítica, aunque no renuncian, «de ser propicios los hados», a acometer esta tarea en un futuro. García-Velasco alude, por otra parte, a algunos «criterios muy personales» que han regido la «meritoria labor» de los editores: así, destaca que éstos «han “expurgado” (tal es el verbo que ellos mismos emplean) textos que no consideran del autor», siendo el caso «más notorio (y seguro que controvertido)» el de La cara de Dios, «novela por entregas, firmada por Arniches y adaptada por Valle, que vio la luz en 1900». A continuación, el articulista vuelve a evocar a Mainer y a Cacho para afirmar que «ahora, más que nunca, se hace necesaria la edición del epistolario de Valle-Inclán y continuar en el empeño por reconstruir su biografía». Por último, cierra su reseña congratulándose de que «el interés, incluso la pasión por Valle-Inclán» no hayan disminuido y destacando la labor de dos grupos muy «activos en las investigaciones valleinclanianas»: el de la Universidad de Santiago de Compostela (es decir, el Grupo de Investigación de la Cátedra Valle-Inclán) y el de la Universidad Autónoma de Barcelona (esto es, nuestro Taller de Investigaciones Valleinclanianas).

     Francisco Rico empieza comparando al amante de la literatura con un catador de vinos, para lamentarse de que, así como «a ningún aficionado al rioja se le ocurrirá comprarlo a granel en un almacén de barrio», sino que «lo buscará embotellado con todas las garantías de bodega, variedad, cosecha», «no son pocos, en cambio, los que le hacen ascos a un libro sin etiqueta ni denominación de origen, cuando un texto estragado es más peligroso que un tinto del montón». A su juicio, «una obra de alguna ambición literaria jamás debiera reimprimirse sin una declaración solvente de procedencia, para indicar cuando menos qué edición se ha seguido y quién avala el contenido». Por ello, opina que es «una estupenda noticia» la aparición de esta Obra completa en unos textos que, aunque «todavía lejos del ideal», le parecen «dignos y responsables». Asimismo —a través de algunos ejemplos esgrimidos por los editores en su nota introductoria, aunque sin indicar su procedencia—, demuestra hasta qué punto es difícil realizar una edición crítica de la obra valleinclaniana. Con todo, Rico afirma que la Obra completa de Espasa «responde a un firme conocimiento de la transmisión textual, identifica sus fuentes de manera adecuada y expone lo más esencial de los planteamientos que ha seguido», y acaba concluyendo que «éste es un trabajo serio y honrado», que no tiene «nada que ver» con  las «ediciones a granel».

     Vale la pena que resumamos las opiniones vistas hasta aquí, ya que coinciden en varios aspectos esenciales: los tres articulistas consideran que esta Obra completa no es ideal y abogan por una edición verdaderamente crítica. Hecha esta precisión, también coinciden en la bondad de la edición de Espasa Calpe: para Pozuelo Yvancos, los textos editados presentan «suficientes garantías»; para García-Velasco, se trata de «una versión razonablemente ordenada de los principales textos valleinclanianos»; Rico cree que los textos ofrecidos son «dignos y responsables» y califica esta edición como un «trabajo serio y honrado». Otro aspecto que todos destacan es la dificultad de realizar una edición crítica de los textos valleinclanianos: en este sentido, Pozuelo Yvancos afirma que sólo un equipo de expertos podría acometer tan vasta tarea, así como alude a las ediciones críticas ya existentes; por su parte, García-Velasco nos recuerda que, en la nota introductoria de la Obra completa, los editores afirman su voluntad de realizar, en un futuro, una edición crítica de toda la obra valleinclaniana. Ambos resaltan, además, el carácter anónimo de la edición de Espasa, aunque García-Velasco sugiere que tras la anonimia se ocultan Joaquín y Javier del Valle-Inclán. También coinciden estos dos articulistas en ensalzar el glosario añadido a la Obra completa y en destacar que consta de más de 500 páginas. Por lo demás, si Rico no halla ningún defecto reseñable en esta Obra completa, Pozuelo Yvancos se limita a cuestionar la decisión de «normativizar los extranjerismos». Menos complaciente es, en este sentido, García-Velasco, quien también alude a los «criterios muy personales» de los anónimos editores, pero refiriéndose a un problema mayor: así, nos advierte de que no estamos ante una obra verdaderamente completa, ya que se ha procedido al expurgo de algunos textos valleinclanianos. Éste es, sin embargo, el único «pero» consistente que hemos hallado en los artículos que acabamos de glosar.

     Nos hallamos, por lo tanto, hasta el momento, con reseñas muy benévolas, cuando no francamente elogiosas. Muy distinto es el caso de la extensa crítica firmada por Javier Serrano Alonso, uno de los máximos especialistas en la obra valleinclaniana y autor, junto a Amparo de Juan Bolufer, de una imprescindible bibliografía general del escritor gallego. Serrano Alonso empieza afirmando que «hoy el valleinclanismo universal puede estar contento, pero no feliz, por la aparición de estas obras “completas”». Las comillas, claro está, no son casuales, como veremos enseguida. Por lo pronto, frente a García-Velasco, quien tildaba la edición de relativamente cómoda, Serrano Alonso opina que estos dos tomos resultan «muy gruesos e incómodos»: en este sentido, considera que al lector «interesado» esta Obra completa «puede bastarle, pero también le bastaba con las cuidadas ediciones de la colección Austral, por lo demás mucho más cómodas para el manejo y lectura del texto». Acto seguido, se detiene en una pormenorizada descripción de las dificultades que plantea la edición de los textos valleinclanianos, demostrando, en primer lugar, que «un solo escrito de Valle-Inclán puede tener hasta decenas de estados diversos». Así pues, «a la hora de plantearse la preparación de una Obra completa de Valle-Inclán, el editor debe tener en cuenta muchos problemas, y no es el mayor el de saber cuáles son los escritos conocidos de su autoría». Ello —explica— «es hasta cierto punto fácil, gracias a que ya existe un corpus establecido»: es el propio Serrano Alonso quien, en la bibliografía preparada con Amparo de Juan, fijó dicho corpus, como él mismo se encarga de aclarar en la primera nota a pie de página de su reseña: ahí afirma, con evidente indignación, que aquella bibliografía ha sido «bastante utilizada en esta edición de Obra completa, y nunca citada ni mencionada siquiera», así como indica que «la no citación de trabajos ajenos y del esfuerzo de otros investigadores, cuando son utilizados en un nuevo estudio, no avalan el mérito del investigador, más bien todo lo contrario, y en esta profesión cada vez está peor visto». Salvado el escollo de discriminar los textos escritos por Valle-Inclán, el «problema principal» reside en cómo editarlos, siendo como son «tan endiabladamente complejos desde un punto de vista filológico». En este sentido, «la opinión es unánime: es preciso la elaboración de solventes ediciones críticas, tal como las entiende la filología». Por qué no existen estas ediciones, añade, «no es cuestión tratarlo ahora», pero sin duda «no es por falta de interés o de preparación». Así, argumenta que «son muchos los estudiosos que llevan años trabajando en esta línea, con tesis doctorales que practican ediciones críticas de textos de Valle y donde muchos problemas ya están resueltos»; lamentablemente, estos trabajos permanecen inéditos «y aún lo estarán muchos años más».

     Queda, pues, demostrada «una limitación de esta Obra completa»: como no se ha efectuado una edición acorde con los criterios de la filología, «el texto que se ofrece es aceptable, pero no el ideal». La solución «adoptada por el anónimo editor es recoger la última versión revisada por el autor», una solución que puede ser válida, pero que se revela problemática en el caso de Valle-Inclán, dada la multitud de versiones de un mismo texto y la lejanía cronológica existente entre dichas versiones: así, por ejemplo, «una Sonata publicada en 1933 está muy distante de lo que fue cuando se creó a principios del siglo XX»; por lo demás, aunque el editor de esta Obra completa «adopta como norma la publicación de últimas ediciones», tampoco la sigue en todos los casos. Por ejemplo, se editan dos versiones distintas de varias novelitas incluidas por primera vez en Femeninas (1895), pero se omite la última versión de las mismas publicada en vida del autor; otras veces, se publican las dos versiones existentes de un mismo texto —Cenizas (1899) y El yermo de las almas (1908)—, como si éste fuera «un caso único y extraordinario en la obra de don Ramón», cuando ese mismo criterio se hubiera podido aplicar a «la práctica totalidad» de la producción valleinclaniana.

     Otro problema —prosigue Serrano Alonso— es si realmente la edición de Espasa puede definirse como una Obra completa; en este sentido, su juicio es categórico:  «¿Lo es? Pues no. No lo es en ningún caso». Para empezar, se refiere a un texto cuya ausencia ya había sido detectada por García Velasco, quien asimismo había augurado el carácter polémico de este expurgo: «Estamos hablando de una obra mayor, de una novela, la más extensa de las que [Valle-Inclán] escribió. Aquí no está La cara de Dios». Serrano Alonso transcribe las palabras con que los anónimos editores justifican el descarte de esta novela: «no consideramos del autor [la obra] aunque sea el firmante, exclusión motivada no solamente por pertenecer a varias manos, con textos que van de Pío Baroja a Dostoievski, sino porque don Ramón jamás la consideró ni registró como suya». Entre indignado e irónico, Serrano Alonso contesta así la decisión de los editores: «Quedo perplejo. Es la primera noticia que se tiene de que La cara de Dios no es de Valle-Inclán, pese a lo que dicen excelentes estudios sobre esta obra». Asimismo, el articulista recuerda que eso que los editores llaman creación «a varias manos», es lo que comúnmente se conoce como «plagio» o bien como «intertextualidad», y que por ese mismo criterio «el editor podía haber suprimido también Sonata de primavera», donde Valle «incrustó un amplio fragmento de las Memorias de Casanova». A continuación, declara terminantemente: «La falta de La cara de Dios es injustificable, y no está por varias razones que no se dicen», sobre todo porque en esa novela de carácter «alimenticio» se revela «un Valle-Inclán no tan exquisito como el del resto de sus obras»; pero «es Valle, y así lo asumió el propio autor». No se entiende por qué se suprime esa obra y, en cambio, se publican muchos otros textos que Valle tampoco reeditó, registró o recopiló, como La media noche, En la luz del día o los artículos periodísticos. A juicio de Serrano Alonso, «es intolerable la actitud de “expurgar”, como nuevo inquisidor, a un escritor clásico como es don Ramón del Valle-Inclán».
    A continuación, se comentan otras ausencias de textos «de menor entidad», entre los cuales figuran algunos, como el titulado «La pintura vasca», que ya habían sido editados modernamente por otros estudiosos. Y con ser múltiples los ejemplos que, en este sentido, aporta Serrano Alonso, acaba afirmando: «y no tengo ánimo, ni espacio, de ser exhaustivo en la indicación de textos de los que carece esta edición». Sin embargo, líneas más abajo se referirá a otras carencias de estas presuntas obras completas: el epistolario —«que se habría agradecido que se recogiese»— y las conferencias de Valle, aunque en este último caso se reconoce que «es raro el texto original de este corpus que se conserva».
     También se censura otro aspecto de la Obra completa: el apartado que los editores titulan como «Varia». Dice Serrano Alonso: «No entiendo, sencillamente, ese caótico apartado» que «no tiene mayor utilidad como tal, pues funciona como un cajón de sastre donde va a parar todo lo que, aparentemente, sobra en el resto de los volúmenes. Ahí tropiezan artículos con cuentos y relatos, con pre-textos, con poemas, con notas introductorias y prólogos, con un cuento (pre-texto) dentro de la sección “Teatro”, con autógrafos… La verdad es que pierde casi toda su utilidad e interés». Frente a ese cajón de sastre, el articulista considera que «la ordenación lógica» hubiera sido que esos textos «acompañasen a los mayores que se publican»; así, por ejemplo, «los poemas excluidos de Claves líricas y los no recogidos en libro, habrían tenido mejor acomodación tras la edición de la colección poética».
     Otra «carencia» de esta edición, «y muy grande», es «la falta de una aproximación biográfico-literaria al autor». Ello no se explica en una obra que «difícilmente puede estar dirigida al estudioso y sí al lector interesado», a quien se le escamotea un «muy exigible estudio introductorio» y a quien se le ofrece, en cambio, «una larga nota ecdótica» que «en principio sólo puede interesar al investigador, y que en general resulta confusa y tediosa». Además, en esta nota ecdótica no sólo vuelven a obviarse las aportaciones de otros estudiosos, sino que «se deslizan erratas importantes —si es que no son errores», que Serrano Alonso se encarga de ejemplificar.
    El investigador cierra su reseña con estas palabras: «Aún podríamos analizar más aspectos de esta edición, pero la falta de espacio nos lo impide. En definitiva, querría dejar una última impresión acerca de esta novedad: lo más desolador de esta Obra completa es que parezca —y acaso lo es— una simple suma de las espléndidas ediciones que la colección Austral fue publicando entre 1988 y 1998, pero sin el aparato crítico y sin la labor de los muchos e importantes estudiosos que las prepararon. Mantengamos, pues, la esperanza en unas satisfactorias Obras completas de Valle-Inclán».

     No hay que decir que, frente a las restantes reseñas, la de Serrano Alonso resulta sumamente crítica. Es cierto que la suya es mucho más extensa, y que se inscribe en una revista especializada. Tampoco podemos olvidar que el autor es un experto en el escritor gallego, lo cual le permite señalar carencias y errores que plumas menos autorizadas no hubieran podido detectar. Sin embargo, el rigor con que argumenta sus objeciones contrasta sospechosamente con la benevolencia de los otros articulistas, y el lector tiene la sensación de que, o bien éstos se han limitado a cubrir el expediente con una reseña apresurada, o bien, lo cual sería más grave, han incurrido voluntariamente en una «suspensión del juicio crítico», en aras de intereses ocultos o necesarias componendas. Tal vez podríamos exceptuar, en este sentido, a García-Velasco, que deja entrever una cierta insatisfacción ante esta Obra completa, y que alude, ni que sea de pasada, a algunos aspectos que luego recogerá Serrano Alonso, como la necesidad de recuperar para los lectores el epistolario valleinclaniano o el ya comentado expurgo de La cara de Dios.

    Por otra parte, tras la lectura de estas cuatro reseñas quedan en pie algunos interrogantes. El primero: ¿por qué hasta hoy no habíamos podido disponer de unas obras completas —aunque sea entre comillas— de Valle-Inclán? Pozuelo Yvancos habla de «avatares diversos de herencias, desacuerdos y multitud de menudencias». Qué paradoja que los herederos de Valle-Inclán, inmersos en sus propios «avatares», hayan escamoteado a los lectores parte de la obra de su ilustre pariente, cuando éste, al llegar la Segunda República, había proclamado con humor no exento de ironía: «En España la revolución más urgente es convertir a los ricos en pobres. Los ricos en España no tuvieron nunca dignidad de ricos. Merecen ser mendigos. A casi todos los accionistas del banco, el único derecho que yo les reconozco es el de una plaza en un asilo. Y en este punto soy tan radical, que daría todos los derechos pueriles que nos reconoce la Constitución por una ley que dijera simplemente: Artículo único: Queda anulada la ley de herencia» (El Sol, Madrid, 20 de noviembre de 1931). Otro aspecto peliagudo: ¿por qué ha sido posible conocer los textos mayores de Valle-Inclán y, en cambio, sólo contamos con unas cuantas ediciones críticas de sus obras? Serrano Alonso se niega a aclarar públicamente el motivo de tan sorprendente vacío, pero asegura que «no es por falta de interés o de preparación» y que existen varias ediciones críticas inéditas que permanecerán como tales «muchos años más». Cabe suponer que los mismos herederos que nos han escamoteado, durante varios años, algunos textos del escritor gallego son los responsables de esta situación. Si ello es cierto, y si también lo es, como afirma García-Velasco, que tras la anonimia de esta edición se ocultan Javier y Joaquín del Valle-Inclán, todo parece indicar que estas obras completas se convierten en un señuelo, en una pirueta comercial definida en estos términos: si el lector quiere tener acceso a determinados textos de Valle, deberá desembolsar una suma importante de dinero y cargar con los dos tomos de Espasa. Otro aspecto delicado: Serrano Alonso denuncia que en estas obras completas no se mencionan varios estudios sobre el escritor, cuando parece evidente que han sido utilizados en esta edición, o cuando, simplemente, han servido para poner en claro aspectos que los anónimos editores presentan como investigaciones de cosecha propia. No hay que olvidar, en todo caso, que ya contábamos con una experiencia análoga: ¿Quién, de entre los investigadores centrados en la obra del genial gallego, no adquirió en su día la interesante recopilación de entrevistas, conferencias y cartas valleinclanianas firmada —esta vez sí— por Joaquín y Javier del Valle-Inclán, y no quedó estupefacto al comprobar que las aportaciones de otros estudiosos relativas a los textos recopilados quedaban reducidas a una escueta y a todas luces incompleta bibliografía? Se puede objetar que estas obras completas no aspiran a contentar a los eruditos, pero verdaderamente resulta incomprensible que se omitan algunas referencias bibliográficas y se incluyan, en cambio, muchas otras.

     Tal vez el principal problema de esta edición resida en su carácter mixto, «a caballo —decía Pozuelo Yvancos— entre una obra dirigida al gran público y el rigor académico». Así, se quiere satisfacer a todos los lectores, y ninguno queda satisfecho. El lector interesado, como muy bien señala Serrano Alonso, sin duda preferirá las cómodas ediciones de Austral. En el supuesto de que ese lector sea un gran amante de Valle-Inclán y quiera, a toda costa, poseer las obras completas, muy probablemente echará de menos esa introducción biográfica y estética que reclamaba el mismo investigador. En cambio, el especialista no podrá menos que cuestionar esta edición y suscribir, si no todas, sí la mayoría de las críticas vertidas por Serrano Alonso en su reseña. Hay que decir que este investigador obvia injustamente un aspecto que no carece de valor para el estudioso: el glosario de más de quinientas páginas, que, según Pozuelo Yvancos, demuestra el rigor académico de esta edición. Sin embargo, una vez más cabe preguntarse a qué tipo de lector apela ese glosario: para el lector interesado, es excesivo; para el especialista, resulta útil, pero no sustituye la anotación crítica de los textos. En definitiva: afirmar, como lo hace Rico, que no estamos ante una edición «a granel» es una obviedad, como también lo es decir que estamos ante un trabajo «serio y honrado». Pero al amante del buen vino no le basta con un rioja cualquiera, por muy embotellado y etiquetado que esté: también quiere degustar las delicias de un reserva, de esos caldos amorosa y sabiamente criados que sólo manos expertas saben componer.
 
 
 

El Pasajero, otoño 2002

 
 

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