La teosofía en La lámpara maravillosa

Carlos Gómez Amigó (I.E.S. Joan Maragall, Barcelona)




    Hoy en día, gracias a los estudios realizados por Giovanni Allegra, Carol Maier y Virginia Milner Garlitz, y a las atinadas y precursoras indicaciones de Ricardo Gullón, Octavio Paz y Guillermo Díaz Plaja [1], estamos más cerca que nunca de poder penetrar en las «oscuridades» que La lámpara maravillosa ofrece habitualmente a sus lectores y críticos, abierta ya la perspectiva que relaciona esta obra con los movimientos esotéricos que florecieron ampliamente a finales del siglo XIX y principios del XX en todo el mundo occidental, propiciados por las inquietudes metafísicas del Romanticismo y potenciados por los eruditos que después se interesaron en el estudio comparativo de las diversas religiones y mitologías de la Antigüedad europea y oriental, así como por la eclosión del Simbolismo, el Parnasianismo y, finalmente, el Modernismo.

        Se ha hablado ya, en efecto, de sus aspectos gnósticos, herméticos, alquímicos y teosóficos y de su utilización de la cábala, la astrología, el tarot y demás «ciencias ocultas», así como del trasfondo pitagórico y neoplatónico que la sustentan, dentro del complejo sincretismo que Valle nos ofrece en su obra.

    Este artículo no pretende resumir todos esos estudios, de sobra conocidos por los especialistas, sino que procura aclarar uno de sus aspectos fundamentales para mejor penetrar en el sentido último de estos «Ejercicios espirituales» que don Ramón ofrece a todo «hermano peregrinante» y tratar de comprobar si realmente La lámpara maravillosa es sólo un tratado de estética simbolista o modernista de confusa filosofía, o bien un intento de expresar unos principios estéticos basados en un sistema coherente de conceptos metafísicos. Para ello, quisiera empezar por intentar añadir algo de luz a ese sincretismo que tanto nos ha confundido a todos. Y nada más indicado que reflexionar brevemente sobre las supuestas fuentes esotéricas utilizadas por el autor.

    Ciertamente, hallamos en la obra rasgos léxicos, retóricos y temáticos que la relacionan con ocultismo, hermetismo, espiritismo, magia, alquimia, astrología, rosacrucismo, cábala, etc. Pero también hallamos que dichas teorías, desgraciadamente, se utilizan muchas veces como sinónimas o incluyéndolas dentro del mismo concepto mental. Y lo único que tienen en común es precisamente su esoterismo; como, por otra parte, lo tienen en común con todas las religiones que el hombre ha creado. Puede comprenderse que, de ese modo, todo acercamiento a movimientos esotéricos debe partir de un perfecto deslinde del campo semántico en el que se va a trabajar, so pena de oscurecer más que aclarar el tema analizado.

    Dicho esto, me apresuro a indicar, para tranquilidad del lector, que no pretendo ahora diferenciar y definir cada uno de esos senderos esotéricos, tarea que necesitaría de un libro propio, sino que voy a centrarme exclusivamente en la teosofía que da título al presente estudio, confiando en que ello baste para acabar con muchas ambigüedades.

    Y es que la propia palabra teosofía resulta ambigua, por cuanto se refiere a dos realidades culturales distintas.

    Etimológicamente, teosofía significa el conocimiento profundo (sophia) de la divinidad (theos) [2], y no se la debe confundir ni con la Teodicea –el conocimiento que la razón puede obtener de la existencia y naturaleza de Dios- ni con la Teología, que funda este conocimiento en la Revelación, aunque en numerosas ocasiones se sustente en ellas. Es un  término medio entre la Teología y la Filosofía, entre la razón y la revelación, pues añade a la naturaleza, objeto de la Filosofía, lo sobrenatural, propio de la Teología, rechazando, sin embargo, la revelación en que ésta se apoya.

    Los propios teósofos opinan que fue el inventor de la palabra Ammonius Saccas (175-242 d.C.), fundador de la Escuela Neoplatónica, aunque la primera documentación aparece en el siglo XVI, aplicada a filósofos como Paracelso, Agripa o Van Helmont. Sea como sea, encontramos ya sus ideas primigenias en la escuela neopitagórica (siglo I a.C. y siglo I), con Nigidio Figulo y Apolonio de Tiana, y en neoplatónicos como Plotino, Plutarco o Celso. El deseo de conciliar la Biblia con la filosofía griega, de la que según  Filón de Alejandría deriva, suponiendo en el texto sagrado un sentido esotérico y arcano, originará el gnosticismo en el primer siglo del Cristianismo y otras heterodoxias medievales [3].

    En el Renacimiento, como ya se ha indicado, aparecen los primeros a los que puede llamarse  propiamente teósofos: Cornelio Agripa de Nettesheim, Teofrasto Bombast de Hoenheim (Paracelso), Juan de Van Helmont y Santiago Böhme.  En el siglo XVIII deberían añadirse los nombres de Roberto Fludd, Swedemborg y Luis Claudio de San Martín, entre otros iluminados.

    En el siglo XIX acontece un cambio, que dota a la palabra teosofía de un significado novedoso: en 1875 se funda en la ciudad de Nueva York por madame Helena Petrovna Blavatsky, el coronel H.S. Olcott, William Q. Judge y otros la Theosophical Society, que tendrá como meta hacer una síntesis de la religión, la filosofía, la ciencia y la sicología. Como dijo Blavatsky: «Nuestro propósito más importante es resucitar la obra de Ammonius Saccas» [4], ya que la labor de su escuela fue la de «reconciliar a todas las religiones, sectas y naciones bajo un sistema común de ética, fundado en verdades eternas». La finalidad de Saccas era la de «persuadir a gentiles y cristianos, judíos e idólatras, de que abandonaran sus disputas y luchas, teniendo en cuenta que todos poseían la misma verdad bajo varias formas» [5].

    Y esa será la finalidad última de la Sociedad y su fundadora: reconstruir y enseñar el conocimiento primigenio que el hombre recibió en los orígenes, oculto y diversificado en las distintas creencias, mitos y religiones, y que en nada difiere de lo que la ciencia puede ir descubriendo. Conocimiento que es síntesis  y que no se opone en absoluto a ninguna creencia personal.

    Esta labor la llevó a cabo en gran parte la propia Blavatsky (1831-1891), a través de numerosos artículos publicados en la revista de la Sociedad, The Theosophist y otras ajenas, y de libros como Isis sin velo (Nueva York, 1877); La doctrina secreta (Londres y Nueva York, 1888);  La clave de la Teosofía (Londres, 1889);  La voz del silencio (Londres y Nueva York, 1889);  Glosario teosófico, obra póstuma (Londres y Nueva York, 1892). Toda su obra se halla recogida en Obras completas (Londres, Madrás y Wheaton (Illinois,USA),  1933-1985), en catorce volúmenes.

    De la lectura de esta inmensa y erudita obra, se obtiene realmente una visión sintética, a través del sincretismo de miles de mitos, teorías y creencias religiosas, realidades científicas, magia, ocultismo, etc. Y de la propia teosofía anterior, de la que se sienten sucesores. La doctrina secreta, su obra más emblemática, alcanzó un gran éxito de lectores entre las capas cultas y artísticas de su época desde el momento mismo de la publicación de las obras citadas, con una segunda edición ya en el mismo 1888 y una tercera en 1893, fue reimpresa en los años 1902, 1905, 1908, 1911, 1913, 1918, 1921 y 1928. Y fue traducida a casi todos los idiomas occidentales [6]. Sincretismo que la propia Blavatsky tenía como meta en sus obras, como he dicho ya. Ella misma se encarga de contestar al
 

(…) muy erróneo concepto que consiste en creer que en la obra que he titulado La doctrina secreta me haya propuesto coincidir con la ciencia moderna o explicar puntos ocultos. Me ocupaba – y aún sigo ocupándome- en los hechos más que en las hipótesis científicas. Mi principal y único objeto fue el de hacer resaltar el hecho de que los principios básicos y fundamentales de toda religión o filosofía exotérica, antigua o moderna, no eran, desde el primero hasta el último, sino ecos de la Religión de la Sabiduría primitiva [7].


Añadiendo en otra ocasión que
 

de la misma forma que la primitiva religión cristiana se dividió con el tiempo en numerosas sectas, así la Ciencia del ocultismo dio nacimiento a variedad de doctrinas y diversas fraternidades. De ese modo, los ofitas egipcios se convirtieron en gnósticos cristianos, de quienes derivaron los basilideanos del segundo siglo; y los primitivos rosacruces (la «Fraternidad de la Rosa Cruz» se fundó a mediados del siglo XIII) engendraron a su vez a los paracelsianos, filósofos del fuego, alquimistas europeos y otras ramas de su secta [8].


    Ya Juan Valera define en su momento de forma magnífica lo que se está intentando definir aquí, poniendo de relieve la importancia que la época  -y quizá el propio Valera- le confería [9]. Después de ofrecernos la definición del Diccionario de la Real Academia [10], Valera aduce que es insuficiente e inexacta,  «sobre todo en nuestros días, en que la Teosofía vuelve a estar de moda», pues «todo misticismo que no se funda en una religión positiva, sería Teosofía según el Diccionario de la Academia, y verdaderamente no es así», ya que
 

«(...) el místico, sin religión positiva, tiene de común con el teósofo el creer que su ciencia, no sólo tiene a Dios por objeto, como la Teología o la Teodicea, sino que viene de Dios y es revelada natural y misteriosamente por Dios en el fondo o centro del  alma del hombre; pero el teósofo difiere de este místico en que combina el misticismo entusiasta y la introspección de su alma y la Metafísica, y el íntimo conocimiento de las cosas divinas, con el estudio de la naturaleza, con el saber de sus leyes»

(Juan Valera, Diccionario enciclopédico hispanoamericano, en Cyrus C. Decoster, Obras desconocidas de Valera, ed. Castalia, Madrid, 1965, p. 548)
 

    Después de hablar muy brevemente sobre la teosofía antigua, que sólo presenta como elemento común «el entusiasmo intuitivo», y dado que «en cada uno de los autores citados hay muy distintas ideas y sistemas muy varios, (...) no es posible exponer en conjunto la doctrina teosófica común a todos, y es menester estudiar separadamente a cada pensador y a cada sistema», Valera pasa rápidamente a hablar de la nueva teosofía:
   «En los tiempos novísimos ha venido a Europa, desde la India oriental,  una flamante Teosofía que se ha extendido por todas partes, así en nuestro continente como en América, y que requiere y merece que se explique aquí. (…) Podemos considerar como fundadora, o más bien como importadora en Europa de esta misteriosa doctrina, a una dama, llamada Elena Petrovna Hahn, conocida y famosa bajo el nombre de Blavatsky, que era el apellido de un general ruso con quien se casó en 1848»
(Juan Valera,  Op. cit., p. 549).
    Tras unos breves rasgos biográficos [11], Varela nos informa de lo que puede convertir a la teosofía, como al misticismo, en una vaga fantasmagoría, y que, sin embargo, es consustancial a ella: «Importa además hacerse cargo de que lo más profundo y mejor de esta ciencia es incomunicable, y que sólo se adquiere penetrando, el que puede y vale para ello, en el centro de su propia alma, y allí, en lo más íntimo y secreto, hallándolo todo» (op. cit., p.550). Es decir, una suerte de iniciación.

    Al lado de Varela, que habla «con imparcialidad, sin reprobación y sin aprobación, ni positiva ni irónica» (op. cit., p. 551), tenemos también opiniones enfrentadas a lo que representa esta nueva teosofía, que ayudan a completar el conjunto. Así, René Guénon, en su estudio El Teosofismo, historia de una pseudoreligión [12], empieza ya desde el título por negarle cualquier relación con la auténtica teosofía, la antigua, para crear el neologismo teosofismo que la diferencia, «porque, para nosotros, esos dos sustantivos designan dos cosas bien diversas» [13]. En efecto, también para Guénon , una cosa es la Teosofía como «denominación común de doctrinas bien diversas entre sí», al que «será oportuno conservarle el significado que históricamente tiene», y otra el teosofismo de la Sociedad Teosófica, aunque
 

su fundadora, Mme. Blavatsky, tiene un conocimiento más o menos completo de los escritos de algunos teósofos, especialmente de Jacobo Boëhme, bebiendo ideas que incorporó a sus propias obras, junto con una multitud de otros elementos procedentes de fuentes sumamente diversas

(René Guénon, El Teosofismo, historia de una pseudoreligión, Ed. Huemul, Buenos Aires, 1954, p.8).
 

    De ahí que «ese llamado "sistema religioso particular" que constituye la doctrina oficial del teosofismo, y que es presentado, simplemente, como "la misma esencia de todas las religiones y de la verdad absoluta", lleva la marca bien visible de las múltiples y discordantes fuentes de las que ha sido tomado. (…) No es otra cosa que una mezcla confusa de neoplatonismo, gnosticismo, cábala judía, hermetismo y ocultismo, agrupado todo –bien que mal- alrededor de dos o tres ideas que, quiérase o no, son de origen moderno y puramente occidental» (René Guénon, op. cit., p. 8).

    Por ese camino, el autor clasifica el teosofismo como «neoespiritualismo», unido en su modernidad con otras teorías, con las que mantiene caracteres comunes.
 

Sin embargo, no dejan de ser distintas: Ocultismo de diversas escuelas, teosofismo, espiritismo, todo esto se parece, sin duda, bajo ciertos aspectos y hasta cierto punto, pero difiere también bajo otros y debe ser cuidadosamente distinguido también cuando se trata  de determinar las relaciones
(René Guénon, op.cit., p. 127)


 para concluir que
 

es ello un efecto de esta religiosidad inquieta y desviada, que constituye uno de los rasgos más apasionantes del carácter de nuestros contemporáneos, y sobre todo en Norteamérica es donde se pueden ver sus manifestaciones más variadas y extraordinarias, pero también Europa dista mucho de hallarse indemne. Esta misma tendencia fue la que contribuyó en gran parte al éxito de algunas doctrinas filosóficas tales como el bergsonismo (…); procede de un modo parecido al pragmatismo de William James, con su teoría de la "experiencia religiosa" y su recurso al "subconsciente" como medio de comunicación del ser humano con el Ser Divino.(…) Estará bien recordar aquí, a este propósito, el empeño con que teorías como éstas han sido adoptadas y aprovechadas por la mayoría de los modernistas. (…) Además, la mentalidad modernista y la protestante no difieren entre sí sino en matices, siendo idénticas en su fondo, y el "neoespiritualismo", en general, está muy cerca del  protestantismo
 
(René Guénon, op. cit., p. 134).


Lo mismo ocurre con el teosofismo, sobre todo con el de la 2ª etapa de la Sociedad Teosófica, cuando, ya muerta Blavatsky, asume la dirección Annie Besant.

    Retengamos en especial esta última cita por lo obvio de su importancia más general, y concluyamos, estemos o no de acuerdo, con la idea más propia de la época y de sus seguidores, en frases de Valera: «La Teosofía no es una religión: es la ciencia fundamental de las religiones», que «no propaga nueva religión ni repugna de las que hay, sino que las acepta todas» (Juan Valera, op. cit., p.551).  Es decir, la síntesis de la que antes se hablaba y que da el subtítulo a la obra más emblemática de Blavatsky, La doctrina secreta. Síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía.

    Así pues, como ya se ha dicho repetidas veces, la teosofía de Blavatsky pretende ser síntesis de ocultismo, magia y ciencias ocultas, pero reúne también  otras muchas corrientes de pensamiento, por lo que resulta diferente a todas sus fuentes, al mismo tiempo que las refleja en su complejidad. Por lo tanto, sigo insistiendo en que no debe confundirse con ninguna. Es teorética e interior, esotérica, nunca práctica exotérica, con lo que la diferencia aumenta considerablemente, cosa que a veces no se tiene lo suficientemente en cuenta. Ya la propia Blavatsky ponía el acento en este aspecto desde sus primeros escritos. Aun tomando como casi sinónimo de teosofía la palabra ocultismo, para ella, «tanto la palabra magia, como la de hechicería y ocultismo, se usan en Occidente en sentido despectivo, y por lo general para designar las escorias residuales de los tiempos del obscurantismo» [14], y aunque «la palabra ocultismo induce seguramente a error» es aceptable y difiere de la magia y demás ciencias ocultas. Pues a lo que aspira el teósofo es al «conocimiento del alma» o verdadera sabiduría, conocimiento secreto y de ahí ocultismo: pero sólo ahí se admite el sinónimo.
 

Las demás modalidades de ocultismo son ramificaciones de las ciencias ocultas. (…) El verdadero Ocultismo o Teosofía es la incondicional y absoluta renunciación de la personalidad en palabra y obra, para alcanzar ese conocimiento o unión con el Yo superior, el Maestro, el Cristo de los gnósticos

(H.P.Blavatsky, El ocultismo en oposición a las artes ocultas, Ed. Humanitas, 1992, pg. 53)


    El camino del conocimiento de esta ciencia es un camino iniciático y ascético hacia el yo, meta final del teósofo:
 

En cada uno de los grados, la clave está en el mismo aspirante. No es el «temor de Dios» el principio de la Sabiduría, sino que el conocimiento del yo es la Sabiduría misma. Al estudiante (…) se le representa, grande y verdadera, la respuesta del oráculo de Delfos a todos cuantos anhelaban oculta sabiduría, y que el sabio Sócrates repitió corroborándola varias veces: HOMBRE, CONÓCETE A TI MISMO
(H.P.Blavastky, Ocultismo práctico, Ed. Humanitas, 1992, p. 21)


    Hasta aquí, el intento de situar cada cosa en su lugar, delimitando el terreno desde el que hay que abordar la obra de Valle-Inclán. Al indagar en el sincretismo confuso de Valle, no hay que buscar otra fuente que la moderna teosofía, a la que se refiere con interés alguien tan poco sospechoso de veleidades estéticas o filosóficas  como don Juan Valera. Ahí está ya ese sincretismo y esa oscuridad posible que se ha adjudicado al escritor gallego y que, seguramente, toma del extenso corpus blavatskiano, y no directamente de cada una de las corrientes que en él convergen, sin necesidad de repetir aquí que conoció personalmente y, sin duda, leyó a muchos teósofos de su época, desde a su amigo Mario Roso de Luna a muchos de los que publicaron en la revista Sophia, órgano informativo en España de la Sociedad, y en otras publicaciones semejantes, así como también, posiblemente, las obras de la propia Blavatsky y otros teósofos europeos, traducidos al español, como se ha indicado, desde finales de siglo.

    Dicho esto, podemos ya pasar al tema que enuncia el título del artículo, que voy a desarrollar en sus líneas esenciales y que, pienso, demuestra lo que he apuntado hasta aquí.

    Como ya han explicado los investigadores citados al principio, La lámpara maravillosa nos ofrece una imagen del poeta cercana a la del místico: ambos buscan la liberación de los condicionamientos materiales para alcanzar la contemplación divina transformadora del espíritu humano, a través de un camino de autoconocimiento y autoperfección –aunque uno lo busque por sendas religiosas y el otro por las de la belleza-, y también por la transformación de lo material en espiritual, análoga a su vez a la finalidad de alquimistas y magos [15], idea que está muy cercana a la teosofía y que Roso de Luna expresaba como sigue:
 

Hablar de artistas geniales es hablar de verdaderos adivinos, que se anticipan a veces siglos a su tiempo, porque en aras de la emoción estética, que es una en su esencia cuanto múltiple en sus medios de expresión, se elevan del nivel ordinario y caen en un verdadero trance, mil veces más noble que el trance mediúmnico, porque no es provocado, sino connatural al artista.
 
(Mª Roso de Luna, Hacia la Gnosis, Madrid, 1909, p. 235)


    Ese camino se escalona en diversos grados de evolución, que pueden resumirse en las vías místicas de ascesis, iluminación y unión, o en el proceso alquímico que conduce a la Piedra Filosofal. El artista que alcanza ese estado, fuera del espacio y del tiempo, se convierte en un iniciado que pasa a formar parte de la fraternidad de seres que se ocupan con su obra en guiar a todos aquellos que quieran alcanzar el mismo estado de sabiduría. Carol Maier lo indica certeramente:
 

El poeta participa con místicos, magos y figuras semejantes que han penetrado el sentido oculto del mundo y forman una hermandad de iniciados que sobreviven en el tiempo histórico como una agregación de gente fuera de lo temporal, en contacto secreto e intuitivo.

(Carol Maier, Valle-Inclán y La lámpara maravillosa: una poética iluminada, tesis doctoral, p. 38)


Y como dice más adelante, «aunque el poeta no otorga la gracia, pues no es Dios, puede sin embargo iniciar un estado de gracia (…). Es una figura Verbo, semejante a Cristo o Prometeo, entre lo humano que es y lo divino que ha entrevisto» y «El poeta tiene que ser un individuo de síntesis».

    Es precisamente en esa semejanza entre el artista y Cristo donde creo que mejor puede observarse la concepción teosófica de la obra y su perfecta coherencia. En el centro de la Lámpara maravillosa («Exégesis trina») encontramos este tema desarrollado minuciosamente, nucleando el resto de teorías que conforman sus conceptos ético-estéticos. En él, Valle-Inclán estructura todo un sistema de analogías que parten de la comprensión de la Trinidad: a cada una de las Personas de esa Trinidad corresponde un grado del camino de perfección y una estética determinada, que el poeta debe asumir en su propia alma como una unidad, «porque las almas nunca peregrinan por sus tránsitos sin quebrantar el Enigma ternario de Dios» [16], y porque «El Paracleto representa la quieta unidad. El Demiurgo resume el acto. El Verbo es el amor universal que los enlaza» (op.cit., p. 126).  De ese modo, en el centro de la Trinidad aparece como elemento común esencial la figura del Hijo, de Cristo, el Verbo, el arco que junta a las otras dos personas, y nos enseña que el amor es la fuerza que produce esa unidad. Repasemos sus palabras:
 

Y las dos columnas simbólicas se unieron bajo la curva del arco ¡ Y entre las dos iba un camino de estrellas ¡ Desde aquel día de amor, quien buscó una orientación cierta para llegar a conocer intuitivamente, fue por este camino, siguiendo las pisadas y la sombra blanca de Cristo Redentor

(Valle-Inclán, La lámpara maravillosa, «Exégesis trina», V, Opera Omnia  I, p. 123,  Madrid, 1922)
 
 

Te doy el amor en el cual está contenido el sumo conocimiento. (…)  Aquel que en el grano infinitamente pequeño de cada instante gozase en amor todas las vidas que una vez han sido, todas las que son, todas las que aguardan ser, volvería a transmutar el pan y el vino en la carne y la sangre del Verbo.(…) El Nazareno, por el amor, unidad y eternidad de su esencia, gozó la comunión con el Espíritu. Por el amor se convirtió en las ansias de todo lo creado y en la idea del Padre Creador
(Valle-Inclán, Op. cit.,  p. 124-125)


    Así pues, Cristo -y como Él , el poeta- ofrece el enlace de los contrarios, es una figura dual, andrógina. Nos hace comprender que las cosas más opuestas no son contradictorias, porque todas forman parte de Él y poseen íntimamente su gracia y su belleza. Este enlace de contrarios es Amor y produce el goce de la unidad.

    Y del mismo modo que la Eucaristía es el sacramento de la unión en Cristo, también lo es la comunión estética, porque resume el cambio y la unidad de las naturalezas opuestas, y porque la comunión del poeta con el Todo posibilita al lector esa misma comunión: «Trueca en eucarístico don la mirada egoísta del labrador, la del peregrino». «Ama todas las cosas en la luz del día, y convertirás la negra carne del mundo en el áureo símbolo de la piedra del sabio» (op. cit., p.238).  «¡La elocuencia! Como la ideal belleza que representa y encarna, es como la Eucaristía, que no necesita nada externo. Todo es espíritu, bendito y generoso desprendimiento (...)», le oímos decir en la entrevista de Juan López Nuñez, como un «nuevo eco de los conceptos elaborados en La lámpara maravillosa», en palabras de Dougherty [17].

    Finalmente, como complemento indispensable, don Ramón ofrece la analogía de Cristo con el sol: «Alma, si quieres sentirte creada y gozar la gracia edénica del primer instante, ama la Idea del mundo en la Mente Divina y en el Verbo del Sol» [18]. Símbolo que en su libro de poemas El pasajero repite en varias ocasiones: así, en la Clave IX (Rosas astrales) dice que Juliano «una Metamorfosis Solar vio en el Cristo» y en la Clave X (La rosa del Sol), nombra al astro como «Logos de las formas», para terminar aseverando :

                           El Sol es la ardiente fuente que  provoca/
                                  las Ideas Eternas en vaso mortal

   Llegados a este punto, podemos pasar ya a conocer los conceptos teosóficos sobre el tema.

   Los teósofos igual que los cristianos, ven en la figura de Cristo la encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad (el Hijo o Verbo), aunque su interpretación, como la de Valle-Inclán, en la línea sincrética que les es característica, difiera fundamentalmente de la interpretación ortodoxa. Su concepción parte de la base de la asimilación que hacen de Jesús a la figura de otros Maestros, sustentada en la similitud entre la vida y doctrina de Éste –por no hablar de sus milagros- y las que otras religiones y cultos presentan en sus fundadores. Esta similitud se debería a que todos son mensajeros de las misma Fraternidad, encarnaciones del Verbo, avatares. Y a que el símbolo que, por analogía, los representa es el Sol, también sombra física o cuerpo del mismo Verbo, que, como Él, penetra con su luz la materia y la vivifica y la hace fructificar. Como indica Annie Besant, discípula de H.P.Blavastky y, como se ha dicho, su sucesora en la dirección de la Sociedad Teosófica, en su libro El cristianismo esotérico, «el curso anual del Sol es la sombra del Logos, del «Hijo de Dios» cuando desciende a la materia» [19]. Dada esa analogía, el ciclo del astro es considerado un reflejo de la actividad del Verbo, y cualquiera de sus encarnaciones asimila en su biografía mortal esta actividad [20]. De ese modo, es lógico y hasta necesario que se ofrezcan tales semejanzas entre los diversos «emisarios».

   Esas semejanzas, pues, se basan en el antiguo Mito Solar, una narración que, representando en primer lugar la actividad del Verbo en el Cosmos, resume y simboliza la vida de una individualidad que es encarnación de Éste. Sin duda, podemos comprender ahora mejor el símbolo valleinclaniano.

   Ese Cristo solar nos conduce al concepto del Cristo místico, el Cristo de los Misterios, pues, como ya se ha dicho, muestra en esencia la idea del descenso del Verbo a la Materia, la Virgen, enseñanza común en el aprendizaje de los iniciados de cualquier doctrina esotérica y motivo teológico de gran importancia.

   Siguiendo la exposición de Besant, podemos intentar un acercamiento a esta idea, núcleo de todo el simbolismo expuesto. Como se lee en su ensayo, «cuando la materia que había de formar nuestro sistema solar fue separada del océano infinito de materia que llena el espacio, la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, vertió su vida en ella para animarla y, en consecuencia, hacerla apta para ser modelada. Esta segunda función corresponde a la vida del Verbo, la Segunda     Persona de la Trinidad, la cual se sacrificó, imponiéndose las limitaciones de la     materia y constituyéndose en el «Hombre Celeste», en cuyo cuerpo todas las     formas existen, como partes integrantes suyas» [21].

    Esta acción resulta un acto de sacrificio por razón de amor, para que otras vidas  puedan producirse en Él. Mediante este perpetuo sacrificio amoroso, todas las     vidas existen: es el acto a cuyo influjo el Universo cambia de continuo. Vida única    en la que coexisten miles de formas, aun las más contrarias u opuestas, producto de la unión que del Verbo ha realizado en Él de los principios de las otras dos personas de la Trinidad [22]. Las ideas de don Ramón parecen resonar en la misma dirección, y como él, los teósofos lo consideran un concepto universal y no  sólo cristiano. Lo encuentran en el hinduismo, en el mazdeísmo, en el budismo y en  otras religiones de la antigüedad. Y en todas ellas, la Segunda Persona es siempre    dual, síntesis de contrarios, arco que une las columnas del Templo de Salomón.
 

La doctrina cristiana de la Trinidad concuerda por completo con la de otras religiones en lo que se refiere a las funciones de las tres Personas Divinas, debiendo recordarse que la palabra Persona procede de la latina persona, máscara, lo que cubre algo, la máscara de la existencia Una, la revelación de Sí mismo bajo una forma
 
(Annie Besant, El cristianismo esotérico, ed. Kier, Buenos Aires, 1959, p. 96).


    Cristo es pues una fuerza unificadora que hace que «las vidas separadas gradualmente sean conscientes de su unidad», y trabaja «para desarrollar en cada cual la conciencia de si misma que finalmente le hará reconocerse una con todas las demás y descubrir su raíz Una y divina» (Annie Besant, op. cit., p. 97). Este es el originario y no interrumpido sacrificio, fluido de Vida que el Amor origina, voluntario y gozoso, vertiendo del Yo para que se formen otros yo. Y como tal, se plasma también en las biografías de los diversos Maestros, cerrando el círculo interpretativo que une vida, mito y concepto metafísico en una misma y rica analogía. Pero esta visión de Cristo se prolonga y se aquilata con el concepto de que Cristo está en todos los humanos, que nace, vive, es crucificado, resucita y sube a  los cielos en cada hombre «sufrido y triunfante» (Annie Besant, op. cit., p. 95). «La biografía contenida en los Evangelios es la relación de la vida de todos los  iniciados en los verdaderos misterios» (Annie Besant, op. cit., p. 95). Por eso habla San Pablo [23] del nacimiento del Cristo en el discípulo y de su evolución y completo crecimiento en él. «Cada hombre es un Cristo en potencia, y el desarrollo de la vida de Cristo en un hombre sigue los rasgos de la historia  evangélica en sus más notables incidentes» (Annie Besant, op. cit., p. 95), a través de un camino de sacrificio y amor.

    Sacrificio del egoísmo y de todas las ataduras materiales –una muerte simbólica-, que siempre va unido a un sentimiento de dolor, por causa de la común e ilusoria identificación entre el yo y su forma física. Amor gozoso de entrega y de unidad: camino hacia una auténtica resurrección y ascensión internas que conducen al hombre a la felicidad de la Gracia, la contemplación y la unión con Dios, transformándolo en un auténtico hombre-Cristo [24], que, a su vez, podrá ejercer    de posible maestro de otros hombres que hayan decidido seguir ese camino (los     hermanos peregrinantes de Valle). «Los iniciados han sido siempre tenidos como     promesa del primitivo y viviente símbolo de su propia divinidad, el fruto glorioso de  la semilla que llevaban en su propio seno» (Annie Besant, op. cit., p.90). No me parece necesario volver a  remitirnos a nuestro autor.

       En este contexto, la Eucaristía es vista también por los teósofos como símbolo  de este eterno sacrificio. Y, como San Pablo [25], afirman que todos los que comen de un sacrificio se hacen copartícipes de una común naturaleza y se juntan     en un cuerpo especial unido al Ser que se halla presente en el sacrificio y participante en su propia esencia. La Eucaristía «es un lazo entre lo celestial y lo     terreno, así como también un acto del culto universal, una cooperación, una     asociación con la Ley de Sacrificio» (Annie Besant, op. cit., p. 175).

    El participante se hace así uno con el Sacrificio, con el Cristo, y, en consecuencia, queda también unido a la Vida Divina, se vuelve uno con Dios, como en la comunión estética, el lector se hace uno con el autor y, por ello, con el Todo.   Trasmutar lo más bajo en lo más alto es el fin de este Sacramento, como lo es de la  Alquimia, la Magia o el Arte. Y, como les es propio, los teósofos también     consideran esto algo muy general a cualquier creencia desde la antigüedad,     reconociéndolo en todas las religiones, aun en las más alejadas entre sí [26].

       Éstas son, en líneas muy generales, las teorías teosóficas. Las relaciones con lo expuesto sobre La lámpara maravillosa, como he ido indicando, me parecen     evidentes, y, con ello, la tesis apuntada al principio de que la obra se sustenta en     una filosofía y una metafísica, aunque a veces oscuras, sistemáticas y coherentes, de abolengo teosófico. Y si no por ello se debe concluir que Valle-Inclán sea teósofo,  sí que, acorde con la época, tiene muy presente la Teosofía y su sugestivo sincretismo a la hora de crear su estética [27]. Y la propia Blavatsky observaba:     «Cualquier persona de mediana capacidad que sienta inclinación hacia los problemas metafísicos, que lleve una vida pura y desinteresada, que encuentre más  satisfacción en socorrer a su prójimo que en ser él mismo socorrido, que esté     siempre pronto a sacrificar sus goces personales en pro de los demás y que ame la  Verdad, la Bondad y la Sabiduría, por ellas mismas y no por el beneficio que pueden reportar, es un Teósofo» [28].

Me gustaría finalizar reiterando el aforismo valleinclaniano antes citado:
 

Ama todas las cosas en la luz del día y convertirás la negra carne del mundo en el áureo símbolo de la piedra del sabio
Y añadirle la afirmación de Max Estrella en la escena II de Luces de bohemia:


                                                Hay que resucitar a Cristo.
 

                                                                                   ©  Carlos Gómez Amigó
                                                                                         enero 2000

 
NOTAS

1. Ricardo Gullón, «Ideologías del  Modernismo», Ínsula, 291(1971) pp. 1 y 11.
- Direcciones del Modernismo, ed. Gredos, Madrid, 1971
Giovanni Allegra, «Ermete modernista. Occultisti e teosofisti in Spagna, tra fine Ottocento e primo
Novecento», AIUO, Sez. Romanza, XXI, 2 (1979), pp. 357-415.
- «Sull’infusso dell’ocultismo in Spagna (1893-1912), gli isiti neospiritualisti», suplemento a Vie della Tradizione, 39, X, (1981), pp. 3-45.
- Il regno interiore, Ed. Jaca Book, Milano, 1982.
- «La lámpara maravillosa. Lumbres y vislumbres de la estética de Valle-Inclán», Ínsula, 517 (1990), pp. 1-2
- Prólogo y notas a su edición y traducción de La lámpara maravillosa.
Virginia M. Garlitz, «El concepto de karma en dos magos españoles: Don Ramón del Valle-Inclán y Don Mario Roso de Luna», en Angel G. Loureiro (ed), Estelas, laberintos, nuevas sendas (Unamuno, Valle-Inclán, García Lorca ,La Guerra Civil), Ed. Anthropos, Barcelona, 1988, pp. 137-149.
- «La lámpara maravillosa: humo y luz», Ínsula, 531 (1991), pp. 11-12.
Carol S. Maier, Valle-Inclán y La Lámpara maravillosa: una poética iluminada. (tesis doctoral), Rutgers University, New Jersey, Ph. D., 1975.
- «La lámpara maravillosa de Valle-Inclán y la invención continua como una constante estética», en A. David Kossof et al. (eds.),  Actas del Octavo Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, Vol. II, Ed. Istmo, Madrid, 1986, pp. 237-245.
- «Literary Re-Creation, the Creation of Readership, and Valle-Inclán’s La lámpara maravillosa», Hispania, 71 (1988), pp. 217-227.
- «¿Palabras de armonía?: reflexiones  sobre la lectura, los límites y la estética de Valle-Inclán», en Angel G. Loureiro  (ed.), Estelas, laberintos, nuevas sendas. (Unamuno, Valle-Inclán, García Lorca, La Guerra Civil), Ed. Anthropos, Barcelona, 1988, pp. 151-170.
  Octavio Paz, Los hijos del limo, Ed. Seix-Barral,Barcelona, 1974
- El arco y la lira, Ed. F.C.E., México, 1956.

2. Sabiduría parecida a la de Dios. Vid., H.P.Blavatsky, Glosario Teosófico, Barcelona, 1920, p. 387.

3. Muchos incluyen en esta línea a los cátaros, los templarios y los rosacruces, y a filósofos como Eckard

4. Helena Petrovna Blavatsky, «What are the theosophista», The Theosophist, octubre de 1879, p. 5.

5. H.P.Blavastky, The key to theosophy, Los Ángeles, 1930, pp. 3-5.

6. En España aparece la primera traducción, realizada por Francisco Montoliu y de Togores, primer presidente de la Rama de la Sociedad Teosófica en Madrid, a partir de la segunda edición inglesa, en 1895 (I v.) y 1898 (2 v.), en Establecimiento Tipográfico de Julián Palacios, Madrid. Mientras en Madrid  se realizaba una nueva traducción de la obra completa sobre la tercera edición inglesa, realizada por miembros de la Sociedad, muerto Montoliu en 1892, los señores Melián, Dorestes, Díaz Pérez, Xifré, Treviño, hermanos Molano y González Blanco, que se publicará en dos volúmenes en 1895 y 1898. En 1911 aparecerá un tercer volumen en Biblioteca Orientalista, ed. Teosófica, R. Maynadé, Barcelona, traducido por Federico Climent Terrer,  Para una información más exacta, ver Mario Roso de Luna, Simbología arcaica, ed. Pueyo, Madrid, 1921.

7. H.P.Blavatsky, «Nociones erróneas acerca de La doctrina secreta , Sophia», octubre de 1908

8. H.P.Blavatsky, «Ocultismo o magia», El Loto Blanco, mayo de 1924

9. Juan Valera, Diccionario enciclopédico hispanoamericano, en Cyrus C.Decoster, Obras desconocidas de Valera, ed. Castalia, Madrid,1965, pp. 548-558. Ideas semejantes aparecen en «La metafísica y la poesía», Obras completas, v. II, Ed. Aguilar, Madrid, pp. 1676-1677.

10. «Doctrina de varias sectas que, despreciando la razón y la fe, presumían estar iluminadas por la divinidad e íntimamente unidas a ella.»

11. Para una biografía de Blavatsky, aunque un tanto hagiográfica, ver Mario Roso de Luna, H.P.B, una mártir del s.XIX., Ed. Pueyo, Madrid, 1924.

12. René Guénon, El Teosofismo, historia de una pseudoreligión, Ed. Huemul, Buenos Aires, 1954.

13. René Guénon, op. cit., pg. 7.

14. H.P.Blavatsky, El ocultismo en oposición a las artes ocultas, Ed. Humanitas, 1992, pg. 31

15. Concepto que Juan Valera completa así :«El que llega a la altura de ese conocimiento propio vence y domina su yo ilusorio y caduco y se eleva hasta su verdadero yo; logra la unión con el ser divino, y, contemplando a Dios en sí propio, lo comprende todo y nada queda oculto para él, porque todo lo permanente, substancial y verdaderamente real, está encerrado en el pensamiento divino. El hombre entonces es una misma cosa con Dios, en quien residen el eterno reposo, la eterna bienaventuranza, y la esencia eterna. (…)  Y esta propia contemplación y este propio conocimiento de Dios, que solo alcanzan los hombres que con Dios se unen, es la sabiduría de Dios o Teosofía.», op. cit.

16. Valle-Inclán, La lámpara maravillosa, «Exégesis trina», V, Opera Omnia  I, p. 122,  Madrid, 1922

17.«Máscara y rostro de Valle-Inclán», Por esos mundos (Madrid, 1-1-1915), en Dougherty, Un Valle-Inclán olvidado: entrevistas y conferencias, ed. Fundamentos (Espiral), Madrid, 1982.

18. Valle-Inclán, La lámpara maravillosa, «La piedra del sabio», VII, p. 216.

19. Annie Besant, El cristianismo esotérico, ed. Kier, Buenos Aires, 1959, p. 80.

20. El héroe de todas las creencias basadas en este mito presenta siempre, entre otros muchos rasgos,  el ser un dios o semidiós, y su vida se traza conforme al citado recorrido anual del sol. Nace en el solsticio de invierno, cuando el signo astrológico de Virgo se eleva  sobre el horizonte (nace de una Virgen) . Se encuentra rodeado de peligros en su infancia –cuando los días son más cortos y la oscuridad nocturna -las tinieblas- más larga -, envuelto en horrores. Sobrevive a esos peligros –los días van alargándose- , y llega el momento de su paso de un extremo a otro, de las tinieblas iniciales a la luz : el momento de cruzar –la crucifixión-, la muerte material, en el equinoccio de primavera. Por fin, tras un descenso al mundo inferior para rescatar otras almas, venciendo la muerte, resucita y asciende en medio del cielo, madurando el grano y el racimo para dotarlos de su sustancia esencial, para dar alimento a sus adoradores. (Ver A. Besant, op. cit. «El Cristo mítico», pp. 76-87).

21. Annie Besant, op. cit., p. 92.

22. Leemos al respecto en Blavatsky : «Saliendo de las profundidades de la Existencia Una, del inconcebible e inefable Uno, un Logos imponiéndose a si mismo una límite, circunscribiendo voluntariamente la extensión de su propio Ser, se hace el Dios manifestado, y al trazar los límites de su esfera de actividad, determina también el área de su Universo. Dentro de dicha esfera, nace, evoluciona y muere este universo,  que en el Logos vive, se mueve y tiene su ser. La materia del universo es la emanación del Logos, y sus fuerzas y energías son las corrientes de su vida. El Logos es inmanente en cada átomo, es omnipenetrante; todo lo sostiene, todo lo desarrolla. Es el principio u origen y el fin del universo, su causa y objeto, su centro y circunferencia … está en todas las cosas, y todas están en él. El Logos se despliega de si mismo manifestándose en una triple forma: el Primer Logos, raíz u origen del Ser; de él procede el Segundo Logos, manifestando los dos aspectos de vida y forma, la primitiva dualidad, que constituye los dos polos de la Naturaleza entre los cuales se ha de tejer la trama del Universo: Vida-forma, Espíritu-materia, positivo-negativo, activo-receptivo, padre-madre de los mundos, y por último el Tercer Logos, la Mente Universal en la que existe el arquetipo de todas las cosas, fuente de los seres, manantial de las energías formadoras, arca en donde se hallan almacenadas todas las formas originales que se han de manifestar» (Glosario Teosófico, I, p. 427)

23. Efesos, III, 16, 17

24.  Comenta al respecto Blavatsky: «Los términos Cristo y cristianos fueron copiados del vocabulario del Templo de los paganos. Cristo significaba en dicho vocabulario un discípulo puesto a prueba, un candidato para la dignidad de hierofante. Cuando el aspirante la había alcanzado por medio de la iniciación, largas pruebas y sufrimientos, y había sido ungido, se cambiaba su nombre en Cristo, el purificado en el  lenguaje del misterio esotérico. En simbología mística, realmente Cristo significaba que se había recorrido ya “elcamino”, el Sendero, y alcanzado la meta; cuando los frutos de un arduo trabajo para unir la efímera personalidad de barro con la Individualidad indestructible la transformaban de ese modo en el Ego inmortal.», Glosario Teosófico,  I, p. 165.

25.  Corintios, X,16.

26.  Al respecto, indica Blavatsky: «El misterio de la Eucaristía no pertenece exclusivamente al cristianismo, Godfrey Higgins prueba que fue instituido muchos centenares de años antes de la “Cena Pascual”, y dice que, “el sacrificio del pan y del vino era común a varias naciones antiguas”. Cicerón lo menciona en sus obras y se admira de la extrañeza del rito. Desde la primera fundación de los Misterios es uno de los más viejos ritos de la antigüedad. Entre los hierofantes tenía casi el mismo significado que entre los cristianos. Ceres era el pan, y Baco  era el vino; significando el primero la regeneración de la vida que brota de la simiente, y el último (la uva) siendo emblema de la sabiduría y el conocimiento. Con mucha propiedad estaban simbolizados por el vino la acumulación del espíritu de las cosas y la fermentación y subsiguiente fuerza de tal conocimiento esotérico (…) El Soma, bebida sagrada de los brahmanes iniciados, corresponde al néctar de los griegos y a la Eucaristía de los cristianos.» Glosario teosófico,I, pp. 239-240.
     Y completa A. Besant: «Los persas ofrecían a Mitra pan y vino, y en el Tíbet y Tartaria se hacían ofrendas semejantes. Jeremías (Jeremías, XLIV) habla de las tortas y libaciones que en Egipto ofrecían a la Reina del Cielo los judíos que profesaron el culto de aquella nación. En el Génesis se lee que Melchisedech presentó pan y vino para bendecir a Abraham (Génesis, XIV, 18, 19). En los diversos Misterios de Grecia se empleaba el pan y el vino, y Williamson (The Great Law, pp. 177-181, 185) habla de su uso entre mejicanos, peruanos y druidas”, op. cit., p. 177

27. Recordemos lo que ya había dicho Ricardo Gullón en 1971: «que las doctrinas esotéricas atrajeran a los modernistas por cuanto tienen de aproximación al misterio es cosa que me parece segura ; las entendieron como impulsos  órficos de penetración en la sombra y, desentendiéndose de otras particularidades, buscaron en ellas la clave perdida de los enigmas radicales de la existencia: de la vida y de la muerte y del más allá. En la aceptación de lo esotérico se configura la  protesta contra el positivismo, que al amputar las creencias tradicionales les había dejado en seco. Los poetas, nostálgicos del bien perdido, se sintieron forzados a substituir por otras divinidades el Dios cuya muerte había proclamado Nietzsche con tan enfática energía.», «Ideologías del Modernismo», Ínsula, 291 (1971), p.1

28. Blavatsky, «Ocultismo práctico», Lucifer, mayo de 1888.
 
 



 
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